Leonor Merino
Drª de la Universidad Autónoma de Madrid


Traductions


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El Pasado Simple
(Le Passé Simple), Driss Chraïbi, Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, Madrid ISBN : 84-87198-21-X, 1994


Introducción

Driss Chraïbi nace en 1926 en Al-Yadida (antiguo Mazagán), hermosa ciudad de Marruecos a orillas del océano Atlántico. Desde muy pequeño asiste a la escuela coránica, luego hijo de burgués, entra en la escuela francesa a la edad de diez años y continúa sus estudios en el instituto Lyautey de Casablanca.

En esa época, se inicia en la escritura componiendo versos por los que será premiado. El 21 de septiembre de 1945 abandona Marruecos para realizar estudios de Química en París y, en 1950, obtiene el título de ingeniero químico. Poco tiempo después comienza estudios de neuropsiquiatría. Sin embargo, Chraïbi, pensando que la ciencia es la quiebra de los valores humanos y que arrastra con ella la pérdida de la espiritualidad, interrumpe sus estudios a dos meses del doctorado y escoge el periodismo y la literatura, optando de esta forma por la alquimia de la palabra, la facultad de verla nacer, oírla, tocarla, sentirla como a un ser vivo.

Pero Chraïbi ama también el silencio que ha liberado su pensamiento de la escoria del lenguaje, que ha agudizado sus sentidos y que los ha acerado tanto que, a veces, descienden hasta el extremo de sus dedos cuando éstos entran en contacto con la mano que ante él se tiende. “El tiempo tritura las palabras, dispersa sus cenizas” -le gusta decir a este escritor-; “sólo permanece la fe de la fe, pero para ello, como el agua, fuente de vida que está por doquier, es preciso buscarla, bajar al vientre de la tierra, puesto que la luz no está en la superficie, sino en el fondo, en lo más profundo de los hijos de Adán” (Succession ouverte, Naissance à l’aube).

Y con ese objetivo de lograr, merecer y conquistar con la fuerza de su escritura y con la carga emocional, gigantesca, de sus entrañas, se puso en marcha hacia el encuentro con los hombres. Será entonces cuando comiencen sus viajes por Italia, Suiza, Bélgica, Alemania, Austria, Yugoslavia, Inglaterra y España, ejerciendo varios oficios: desde ingeniero químico y periodista, hasta vigilante nocturno, fotógrafo ambulante y profesor de árabe. Poco después, en 1959, como escritor y productor de radiodifusión y televisión francesa, realiza una emisión diaria y habla del Islam y de Occidente con André Rousseaux, queriendo mostrar la hospitalidad islámica y cristiana de los primeros tiempos, basada en el amor y la igualdad.

En 1960, Chraïbi trata el teatro del mundo negro y el teatro del Próximo Oriente (los poetas árabes, los Maestros espirituales, la música islámica) blandiendo siempre el Corán (Libro Único de orquestación semántica) no como arma sino como propuesta. En 1970 explica la Literatura magrebí de lengua francesa -“consagrada a profundizar el alma de los seres y cosas”- en la Universidad de Laval, Canadá, donde el escritor da a conocer a los estudiantes La civilisation ma mère!..., canto de ternura y de caliente ritmo fetal. Chraïbi, bilingüe, escogió la lengua por la que concibió la cultura occidental, para afirmarse como magrebí colonizado y demostrar que podía igualar al francés colonizador. Lengua que lo liberó de los mitos de la tribu al mismo tiempo que también, en un principio, lo convirtió en lo que Maurice Barrès llamó “desarraigados”.

La primera novela de Chraïbi, El Pasado Simple, violentamente percibida en el momento de su publicación, causó gran escándalo en Marruecos, sin embrago desde hace diez años se estudia en las Universidades de este país vecino. Esta escritura habla de la hipocresía y falsedad de todos aquellos que se erigen en detentadores de la verdad y de las costumbres vetustas, pero también es una crítica al mundo occidental, orgulloso de su propio tecnicismo sin haberse liberado de sus prejuicios y que camina, irreversiblemente, hacia la materialidad. Esa colusión de lo temporal y espiritual en la sociedad islámica, labrada a medida de los poderosos y que narró Chraïbi, fue retomada y amplificada, años más tarde, por otros escritores magrebíes de lengua francesa que ofrecieron su propio matiz personal.

El Pasado simple, obra pionera, no fue ni rebeldía ni rechazo de la cultura oriental, sino afecto profundo por Marruecos, pues el escritor siente necesidad de su país, de su pueblo natal y de su río calmo, caudaloso, grávido y profundo, el Um-er-Rebi’a (La Madre de la Primavera), y con todos ellos entabla un diálogo sin complacencia y un planteamiento de su yo, atroz y permanente, del que hace un doloroso balance que no significa que sea una descripción verista de la sociedad marroquí, puesto que un personaje no representa más que a sí mismo y una cierta relación con la sociedad. Pero esta obra marcó un hito importante en la Literatura marroquí al doblar las campanas por toda la producción etnográfica: contento para un público sediento, únicamente, de un tipismo oriental.

Al mismo tiempo, su valor narrativo es indiscutible, puesto que armoniosamente conjuga el tiempo de la aventura y el de la escritura en un mismo espacio. Espacio señalado por un rostro dual, oscuro y luminoso. Obra que recuerda la infancia, llena de acallados sufrimientos, que evoca a un mismo tiempo a la madre, compartiendo con ella su dolor y vacuidad. Acompañando a ese desgarro, un canto doliente y monótono brota de la calle traduciendo ese quejido, aunándose a la angustia de los personajes. Voz, eco de martillo, que inicia una letanía de dolor, música y encantamiento.

Relación entre el burgués comerciante y el mendigo titular, que se convierte en farsa mediterránea llevada al paroxismo y que cristaliza todo el universo de potestad del padre, “el Señor”, dios Crono que, como el tiempo (Chronos), devora todo lo que engendra, destruyendo su propia creación, secando las fuentes de existencia, inculcando a su hijo, el más sensible, un hambre devoradora de vida y simbolizando el temor de un sucesor que lo destrone. Pero El Pasado Simple, a pesar de su discurso iconoclasta, es también la historia de un pasado simple, como el mismo autor ha dicho en Succession Ouverte, “tan simple y elemental que la historia de los hombres se ha encargado de derribar a fuerza de bombas y de odios”.

Driss Chraïbi, que continúa siendo un autor fecundo, dice abierta y claramente lo que piensa e intenta conmover violentamente las conciencias, criticando exacerbadamente tanto a Oriente como a Occidente. Su obra es espejo de sus pasiones profundas, en relación siempre con la sociedad. Su estilo sensible, nervioso, espontáneo, directo, devastador, a veces, está teñido de un humor tierno y profundo que no deja indiferente al lector. Sus frases en esta obra son generalmente cortas, yuxtapuestas y, a menudo, no son más que frases nominales con elipsis de sujeto o verbo, rotas por una puntuación que marca un ritmo repetitivo, incesante, con el que dinamita la lengua francesa, acentuada por un diálogo que conduce a un paroxismo ascendente y en el que el “escupitajo” es un gesto de rechazo que sustituye a la palabra.

Su discurso, cáustico y diarreico, parece querer formar parte de una reacción química, pero, también, es toda una llamada física al lector, a quien quiere involucrar con sus preguntas y reflexiones que se derraman por todo el texto. Su escritura es, por tanto, angustiosa búsqueda por sus raíces profundas, como también es canto y música de nostalgia dolorosa y de serenidad henchida de ansia de verdad y de amor por el ser humano y, en especial, por la madre y la mujer, a quienes conoce como a las aguas vivas del Um er-Rebi’a, allí donde se mezclan con las del océano en un acto de amor, al fondo del rugiente abismo.

Leonor Merino

La civilización, ¡madre mía!... (La civilisation, ma mère!...),
Driss Chraïbi, Centro Francisco Tomás y Valiente, UNED Alzira-Valencia ISBN: 84-95484-15-3, 2001


Presentación

Después de haberse reconciliado con la figura paterna en Succession Ouverte -tensa escritura poética sobre el pasado clarificado, exorcizado-, Driss Chraïbi crea una nueva imagen de la madre, no ya aplastada por la autoridad férrea del “Señor” -El Pasado simple- sino naciendo a la vida moderna, paulatinamente, a través de utensilios domésticos que se convierten en objetos mágicos. Sus dos hijos, que le confiesan un maravilloso amor, narran su historia. El más joven primero, en un Marruecos de los años treinta dónde frágil, menuda, con sólo trece años, entra en la casa del esposo. Su soledad, su ritmo lento, fetal, corresponde a una ensoñación primitiva y pura en la que se encierra en soliloquios. En la segunda parte, el hermano mayor, Nagib, toma el relevo. Ahora, la madre se interesa por los conflictos bélicos del momento, estudia, conduce, se adhiere a los movimientos de liberación de la mujer y, de forma simbólica, de su pueblo y del Tercer Mundo.

Metamorfosis llevada a cabo sin dejar de ser ella misma, sencilla, divertida, tierna, con el amor por la vida enclavijado en el alma.

Leonor Merino

Quatrième de couverture

Driss Chraïbi nace en 1926 en El Yadida (Marruecos). Asiste a la escuela coránica y al colegio francomarroquí Moulay Idriss de Fez. Chraïbi, hijo de burgués, aprende el árabe clásico en el Instituto Guessous de Balafrej (primera escuela nacionalista fundada por el Istiqlal) y hace estudios secundarios en el Instituto Lyautey de Casablanca y estudios de Química en París -donde será productor y autor de emisiones radiofónicas con resonancias espirituales islámicas.

Aunque comenzó muy pronto a escribir poesía, su primera obra, en 1954, El Pasado Simple (trad.: Ediciones del Oriente y del Mediterráneo), prohibida en su país largo tiempo y hoy estudiada en todas las universidades, es un monumento y un documento textual de referencia de la literatura magrebí. A ella le siguieron, Les Boucs, L’Âne, De tous les horizons, La Foule, Succession ouverte, Un ami viendra vous voir, Mort au Canada, Une enquête au pays, La Mère du Printemps, Nacimiento al alba (trad.: Anaya & Mario Munich), L’inspecteur Ali, Une place au soleil, L’inspecteur Ali à Trinity College, L’inspecteur Ali et la C.I.A., El Hombre del Libro (trad.: Ediciones del Oriente y del Mediterráneo) y Vu, lu, entendu.

La Civilisation, ma mère!... -que ahora se traduce- es su octava obra y recibió el Premio de L’Afrique et la Méditerranée.

(Ver la importancia de este escritor en el estudio de Leonor Merino, Encrucijada de literaturas magrebíes. Colección Interciencias. Centro Francisco Tomás y Valiente, UNED Alzira-Valencia, 2001)

Leonor Merino

LOS SUEÑOS IMPACIENTES
(Les songes impatients), Tahar Bekri, HUERGA & FIERRO editores, Madrid ISBN: 84-8374-347-7, 2002


Quatrième de couverture

Poeta y ensayista tunecino, Tahar Bekri escribe en francés y en árabe. Su poesía, traducida a varias lenguas, está alimentada por un árbol de doble genealogía: su herencia árabe e islámica y un amplio bagaje literario occidental. Memorias que se enlazan para ir al encuentro del Otro, para dulcificar las fronteras humanas.

La poesía le invita a vivir la realidad idealizada, deseada, soñada, amada. Canto de libertad y bocanada de aire fresco, su musicalidad revolotea con acordes emitidos por el dolor, la alegría, la errancia y la nostalgia. Cicatrices en el discurso y en el jadeo de la palabra. Emoción que invita a la sugerencia, a la pureza de la mirada y a la expresividad de la voz. Versos en perpetuo deseo por explicar el mundo y narrar los senderos del exilio. Mientras, el poeta permanece enclavado tiernamente en sus orígenes, sin amargura.

Leonor Merino

PRESENTACIÓN

Al autor de este poemario -canto de aedo y destello furtivo- hay que situarlo en el contexto de las literaturas magrebíes de lengua francesa, fruto de autores que nacieron en el seno de sociedades árabes e islámicas, bereberes y judías que surgieron debido a la colonización francesa, especialmente traumática en Argelia. Es necesario recordar que los 132 años de colonización, el estallido de la dolorosa guerra en 1954, y la propia lengua árabe erradicada de la escuela, supusieron un gran traumatismo así como la vacilación de la identidad argelina.

Por el contrario, Marruecos y Túnez -patria de Tahar Bekri- dominados por "protectorados" (desde 1912 y 1881 respectivamente) hasta sus independencias en 1956, supieron preservar, a pesar de las dificultades, su patrimonio cultural. De ahí que se pueda decir que la literatura magrebí de lengua francesa es sobre todo argelina y, sin embargo, la literatura de lengua árabe es, en su mayoría, tunecina o marroquí.

Luego el nacimiento de estas literaturas estuvo rodeado por un halo ambiguo. Por un lado, se las acusaba de hacer el juego al colonizador y de estar teñidas de cierto "paternalismo". Y por otro, eran repudiadas, debido a considerarlas mancilladas por lazos, aparentemente, comprometedores, puesto que algunos compatriotas -contrariamente al escritor tunecino Albert Memmi- opinaban que era mejor “lavar la ropa sucia en familia”, cuando, precisamente, el cometido del escritor es desvelar, esclarecer y obligar al hombre a mirarse.

Sin embargo, transcurridos varios lustros de las ansiadas independencias, no se puede alegar la coartada de la colonización y de la lengua impuesta, puesto que el recurso a la lengua francesa se ha convertido ya en una opción deliberada, y los escritores -más allá del bilingüismo y del biculturalismo- la utilizan como instrumento de fascinación, de serenidad, como gozo personal y proyecto de escritura, a la que también aportan su propia riqueza, gracias a la inmersión en sus primeras y hermosas lenguas. Puesto que éstas subyacen cuando emplean la lengua extranjera, y una constante traducción en filigrana oscila, así como un poético discurso está siempre latente.

Esta literatura -llegada de otro espacio porque es magrebí para el extranjero y de lengua francesa para el propio magrebí- se anuda en la garganta, se devana como madeja llena de símbolos, habla del pudor, la ternura, el extravío del hombre en un espacio paradójico cuando ha dejado caer los oropeles de fáciles certezas, y cuando ha quebrado los ídolos de la opresión y la ensoñación. Estos escritores no están encerrados en su torre de marfil, ni se encuentran calafateados en la nave prodigiosa de su escritura, sino que abren, generosamente, la ventana de su imaginación, pisan tierras más allá de sus nanas maternas y se impregnan, aparte de la historia de sus ancestros, de lecturas universales.

En toda esa propia y multicolor amalgama se escucha también el fuerte latido del pueblo árabe, islámico y andalusí, siempre abierto, puesto que la identidad no puede manifestarse como algo completo ni definitivo, al menos tratándose de la creatividad. El escritor árabe de hoy puede reivindicar legítimamente la profunda arabidad del Libro de Buen Amor, el Quijote y la poesía de San Juan de la Cruz.

Por tanto, literaturas vivas y fecundas que justifican la vocación humanista del Magreb y su apertura a la civilización mediterránea y universal. De ahí que estos escritores magrebíes aspiren al ideal de mantener por ambos extremos, a un mismo tiempo, la frágil cuerda de dos mundos contrapuestos, Oriente y Occidente, con el fin de crear una auténtica hospitalidad de pensamiento, y favorecer el nacimiento de una apertura inmensa, alimentada por infinitos cauces y arroyos, fecundada por ósmosis y trasvases. Encrucijada que muestra la riqueza común del hombre, como es todo un ejemplo el poeta TAHAR BEKRI, que nace en 1951 en la ciudad de Gabés, denominada como su río y ubicada en el seno del golfo del mismo nombre, un palmeral del sur de Túnez. Séptimo hijo entre diez hermanos, pierde a su madre a la corta edad de diez años. "En la pena y el dolor, sumido en mí mismo, me refugié en la lectura", dirá más tarde Tahar Bekri, quien asistió de niño a la escuela coránica donde aprendió "de memoria, a garrotazos y en anarquía pedagógica, los versículos del Corán". Su lengua materna fue el árabe dialectal tunecino, en el que se insertan diversos términos de español e italiano. Poco después, estudia en la escuela primaria franco-árabe del oasis de Chenini, donde aprendió, junto al francés, la lengua árabe llamada literal o clásica.

Debido al empleo de su padre, jefe de estación formado en la escuela colonial, el poeta en ciernes pasa su infancia desplazándose de ciudad en ciudad, leyendo y escribiendo. Muy pronto se familiariza con Voltaire, Hugo, Stendhal, Flaubert, Dickens, Caldwell, Hemingway, así como, al "sentir" y "escuchar" los pasos firmes de Pushkin en un paisaje nevado, se aviva la ensoñación de nuestro poeta tunecino emplazado a la puerta del desierto...

Poco a poco la lengua francesa se hace presencia en él, pues "para su generación, la enseñanza de la lengua árabe, próxima a la teología, permanecía sagrada e intocable". Tal vez por ello, fue a sus profesores de francés a quienes mostró los primeros poemas escritos en la adolescencia.

Universitario ya en Túnez y crítico con la realidad política del momento, el poeta pasó una penosa estancia en la prisión de Borj Erroumi, en el norte de Túnez, de donde sale en 1976, aunque con la pérdida de sus derechos civiles. Unos meses más tarde llega a París. De esa época datan sus primeros poemas en la prensa local, así como sus relatos: El niño anciano, en lengua árabe, y La grama, en lengua francesa. En 1981, se doctora por la universidad La Sorbonne Nouvelle con una tesis, publicada cinco años más tarde, sobre la mágica escritura del argelino Malek Haddad. En 1989, Tahar Bekri, célebre y reconocido, retorna al país natal. Desde entonces, encuentros, seminarios y congresos literarios lo reclaman desde cualquier parte del mundo, puesto que su poesía se traduce a diversas lenguas: inglés, italiano, turco, ruso, alemán, portugués. Actualmente es Profesor en la universidad de París X-Nanterre.


Este poeta, asumido ya su bilingüismo con toda lucidez, se sumerge con deleite en la lengua del Corán, redescubriendo su riqueza sintáctica y sonoridad incomparable. No en vano se alimenta de un árbol con doble genealogía.

Por un lado, se impregna de su herencia cultural y literaria: de Ibn Hazm -célebre autor de El Collar de la paloma y teólogo cordobés de la España musulmana del siglo XI-, de Imru l-Qays -poeta de la Arabia preislámica-, del poeta turco contemporáneo Nazim Hikmet, del místico Yalal Al-Din Rumi, del célebre poeta ciego Abu l-Ala Al-Maarri o del amor trágico de Naila e Isaf -mito que evoca el amor de Adonis y Astarté-, transformados en piedra por haberse amado en el recinto religioso de la Kaaba: la piedra negra de La Meca.

Por otro lado, Bekri acoge la ya citada herencia occidental, así como las lecturas de Goethe, Michaux, nuestro Machado, y los cantos bíblicos -junto a los místicos sufíes- donde soplan vientos de profecía.

Si el puerto de anclaje de este poeta es el palmeral natal, lugar de infancia idealizado, sin embargo su poema iza el vuelo y prosigue su odisea a través de horizontes, encabalgando lugares y recuerdos: reescritura del pasado con el fin de extraer una mirada atenta al presente. Su inspiración, su trabajo, le llega de todo lugar y de toda forma de creación, condición necesaria para cualquier creación libre, porque, nos dice este poeta, "hay que considerar a las raíces, pero lo importante son las flores".

Dos memorias se enmarañan en la materia poética de Tahar Bekri para hablarnos de la errancia, a veces amargo exilio, en un hermoso viaje fraterno que merece la aventura, en esta época en la que urge conocer al Otro y combatir las fronteras destructoras del espíritu humano.

Este exilio para Bekri es resistencia a la servidumbre, búsqueda de la dignidad y lucha por la libertad. Así, en su obra El Canto del rey errante (Le Chant du roi errant) se celebra al gran poeta Imru l-Qays, en una hermosa casida o moaxaja.

Exilio en la distancia, sentido y razonado, que reconduce y vuelve a traer en lugar de alejar, en Los Rosarios de afecto (Les Chapelets d’attache) que crean lazos humanitarios. En esta obra de lirismo radiante, enlace de modernidad con nuestra compartida cultura hispano-árabe e islámica, Bekri va tras las huellas de Ibn Hazm, en la España musulmana del siglo XI, y se interroga por la decadencia de la dinastía Omeya, por el ascenso de la intolerancia, fuente de tanta destrucción y muerte de civilizaciones.

También el poeta tunecino, que conoce el alma secreta de las cosas, escribe en lengua árabe Poemas a Salma (Poèmes à Selma) en recuerdo de la lectura de los Poemas de Ossián de James Macpherson. Bekri se lanza en búsqueda de Salma, que alcanza dimensión mítica, puesto que este nombre árabe es descubierto en los textos de inspiración céltica, así como en Los sufrimientos del joven Werther de Goethe.

En otra de sus obras, El corazón roto en los océanos (Le Coeur rompu aux océans), el poeta, sin amargura -a veces derviche, griot o morabito- atraviesa épocas y continentes estableciendo una dialéctica entre lo efímero y lo permanente.

Ya dijo el escritor y poeta argelino, Tahar Djaout, que esta "poesía de alto vuelo anuncia a nuestra búsqueda nuevos espacios de descubrimiento". En efecto, ese lirismo contenido y esa erudición domeñada es indagación paciente que plantea sin cesar nuevas preguntas.

Con ese fulgor poético, Bekri estructura sus obras por medio de libros enlazados a través del hilo conductor del constante decurso de las cosas, y con su voz llena de sabor a libertad.

En Los sueños impacientes -un "yo" que habla en tercera persona-, su Libro primero se abre como el libro del mar -esa lengua de mar-, canto continuo de rapsoda que significa errancia, retorno a la tierra, ascenso a través de los siglos por la cultura occidental y la inmersión gradual hacia la ardiente tierra en el brazo del río.

Y el eco responderá al vértigo de la voz con este verso: siempre el mar culpable de tanto naufragio. Y de nuevo responderá el eco a la sugestión de la voz: el mar siempre el mar encantando al rumor.

El Libro segundo de este poemario representa heridas, desiertos, higos negros, tablillas coránicas, regreso junto a la madre moribunda y ausencia del padre. Escritura de extrema densidad construida a partir de huellas sucesivas que habitan en la memoria, y obligan al sueño impaciente a ocupar espacios de lo efímero y eterno. Allí, donde vida y muerte se enlazan en la misma urgencia de la palabra y el silencio. Impaciencia llevada a todos los sueños, que el tiempo pliega sin jamás quebrar.

A cada instante que se detiene este poeta tunecino, transfigura el objeto exterior, ofreciendo vida a lo inanimado, arenas, nubes, estrellas, vientos; y petrificando lo animado, párpados, labios, gaviotas, palmerales. Y todo realizado por medio de la yuxtaposición, leve pincelada, imprevisibles imágenes, eco que evita toda conclusión y cerrazón de pensamiento. Emoción que invita a la sugerencia, a la pureza de la mirada y a la expresividad de la voz.

Poesía horadada de silencio, en cuya escasa puntuación se siente el hálito de la palabra en movimiento: travesías murmullos, melodías. Blancos intermitentes, cicatrices en el discurso, en el desamparo del silencio, palabra y voz.

Y con este libro, en manos del lector, ya cerrado -al igual que los ojos-, continuará sin descanso el viaje a través de las palabras vivas que el pescador de estrellas nos ofreció: ¡el mundo cual copo de espuma!



PUBLICACIONES DEL AUTOR

Poesía:

Le Laboureur du soleil, París, Silex, 1983, 2ª ed. L'Harmattan, 1991.
Le Chant du roi errant, París, L'Harmattan, 1985. (Trad. al turco Gezin Kralin Türküsü, Estambul, BDS Yayinlari 1996)
Le Cœur rompu aux océans, París, L'Harmattan, 1988.
Poèmes à Selma, (en árabe) Roterdam, Hiwar, 1989, 2ª ed. L'Harmattan, 1996.
La Sève des jours, París, Sonore Artalect, 1991, 2ª ed. 1999.
Les Chapelets d'attache, Troarn, Amiot, 1993, 2ª ed. L'Harmattan, 1994. (Trad. al italiano, Il Rosario degli affetti, Roma, Bulzoni, 1997)
Les Songes impatients, Montreal, L'Hexagone, 1997.
Journal de neige et de feu, (en árabe) Túnez, L'Or du temps, 1997.
Inconnues saisons/Unknown Seasons, (francés-inglés) París, L'Harmattan, 1999.
Marcher sur l'oubli, conversaciones, poesía, París, L'Harmattan, 2000, 2ª ed, 2001.
Poésie de Tahar Bekri, antología (francés-ruso) Moscú, Académie des Sciences, 2002.
L'horizon incendié, París-Casablanca, Al-Manar, 2002.
Lisbonne, tombeau de Pessoa, París, D. Leuwers, Coll. Vice-versa, 2002.

Ensayo:

L'œuvre romanesque de Malek Haddad, París, L'Harmattan, 1986.
Littératures de Tunisie et du Maghreb, París, L'Harmattan, 1994.
De la littérature tunisienne et maghrébine, París, L’Harmattan, 1999.

Poesía (obras de arte con tirada limitada):

Poèmes bilingues, litogr. B. Lafabrie, París, Lafabrie, 1978.
Exils, litogr. Ali Fenjan, París, ENSBA, 1979.
La Quête de la lumière, fotos de Ali Saâdi, París, 1984.
Le Chant du roi errant, obra original de Theresia Schulner, Dusseldorf, 1993.
Poèmes à Gaston Miron, pinturas originales de J.-L. Herman, Montpellier, La Séranne, 1996.
Le Pêcheur de lunes, litogr. de Bernard Lafabrie, París, Bernard Lafabrie, 1998.
Dante, Vespérales, pinturas originales de J.-P. Thomas, La Limace bleue, Issy-Les Moulineaux, 2001.
Afghanistan, pinturas originales de Michel Mousseau, Petits classiques du grand pirate, Aubervilliers, 2002.
Le vent sans abri, grabados de Wanda Mihuélac, caligrafías de Abderrzak Hammouda, París, Sygnum, 2002.
Orage, zéphyr, pinturas originales de Mohamed Kacimi, París-Casablanca, Al-Manar, 2002.
Leonor Merino

Para no soñar más
(Pour ne plus rêver), Rachid Boudjedra, Huerga & Fierro Editores, Madrid ISBN: 84-8374-426-0, 2005


Quatrième de couverture

El prolífico escritor argelino, Rachid Boudjedra (Aïn Beïda, Este de Argelia, 1941), antes de escribir en lengua árabe en 1982 (su innovador Le Démantèlement traducido por el autor), escribe en francés seis novelas que turban las bases clásicas del contenido y la forma: La Répudiation (1969), L'Insolation (1972), Topographie idéale pour une agression caractérisée (1975), L'escargot entêté (1977), Les 1001 Années de la nostalgie (1979) y Le Vainqueur de coupe (1981).

Pero, sobre todo, en estos poemas -letanías- de adolescencia y juventud, Para no soñar más, se encuentra depositado el germen embrionario de la obra que le daría gloria internacional.

Ahora, iracundo, el poeta lleva como estandarte la exigencia revolucionaria en su deseo de abofetear a la justicia hasta que se ponga de pie.

Amante de la palabra y en verdadero frenesí, expone su herida, deseo, exasperación de la carne, vértigo del suicidio, delirio, que son formas de la poética.

Leonor Merino

INTRODUCCIÓN

Toda primera novela ha sido, tal vez, un bosquejo de palabras depositadas en unos versos. Así, en estos primeros poemas de Boudjedra -algunos pulicados en revistas literarias como Chorus en 1963-, se encuentra depositado el germen embrionario de una narración que le daría gloria internacional, El Repudio, en la que el autor se lanza, se enzarza, se ahoga, pero que, en parte, se salva, puesto que le ayuda a liberarse. Una narración en la que ciertas secuencias rítmicas toman el hálito del verso libre heredado de estos versos escritos en plena juventud, Para no soñar más.

Rachid Boudjedra, escritor político, reivindica el derecho a la poética, lo que le permite, en sus diferentes y numerosas obras posteriores, aunar lo imaginario más desbocado con lo realidad más obtusa, así como injertar el delirio en el cuerpo del relato. Aunque sin caer en lo didáctico, puesto que siempre ha deseado demostrar que lo esencial es la creatividad y que lo que proporciona valor a una obra es su estilo, su estructura y su propia visión del mundo.

El autor nunca ha deseado que los temas políticos y sociales oculten la escritura, la literatura, que interviene en un nivel superior, como en estos poemas que son todo un combate, toda una herida, en ese espacio donde el verbo conduce al vértigo por la única virtud de su resonancia. Un verso que, cuando se hace breve, es brusco, entrecortado, nervioso, verdadero frenesí. Y que, cuando el verso se alarga, la observación irónica de la sociedad se acompaña de un trabajo atento sobre la lengua, para que emerja un léxico hermético y un discurso dislocado de pesadilla, catártico, exorcista, machacón.

La lengua de Boudjedra, suntuosa y rebelde, tiene la habilidad de exponer las alucinaciones más lúcidas, que se sitúan entre lo real y lo imaginario, en un lenguaje acompasado donde la interjección, la exclamación y el laconismo surgen como bengalas. Sufrimientos, deseos, exasperación de la carne, vértigo del suicidio que, como torrente bajo la tormenta, se lanza en el delirio verbal a la manera de Kateb Yacine que puede aparecer a veces delicada, al lado de toda aquella avalancha.

Iracundo, el poeta lleva como estandarte la exigencia revolucionaria en su deseo de abofetear a la justicia hasta que se ponga de pie : crítica a una burocracia y a una tecnocracia al servicio de la burguesía. Pero su juicio sobre Argelia no es una condena, puesto que el autor no reniega de su arabismo, sino de la parte enferma de esa sociedad.

El mismo Boudjedra describe su propia intención: Poeta decías/¡NO! hermano/Más bien/Martillo pilón/Oh esta vocación de bulldozer/Oh esta vocación de rompemares/Quisiera poner a mi pueblo/En el avenir/Del tiempo.

Y este poeta, que conoce y ama nuestra lengua, también dedica un poema político a la España de 1963, en la que vivió unos años. Así, desde Barcelona, envía a sus amigos La Noticia, donde les narra que es una polilla ambulante, un escarabajo viscoso que languidece. Y se duele del exilio carcomido.

Si creemos que el sueño libera, estos poemas son interferencia entre lo ensoñado y lo real. Entonces, el escritor, "sol arácneo", se evade por el erotismo que explica, sencillamente, la pasión del mundo y del Otro a través del cuerpo: Oh mi somnolencia enmarañada/A la sombra de tu sexo extraño/Confusión.../Pudrirme en ti/Abertura.../Derramarme en ti.

Leonor Merino

Cinco fragmentos del desierto (Cinq fragments du désert),
Rachid Boudjedra, Huerga & Fierro Editores, Madrid ISBN: 84-8374-426-0, 2005


Quatrième de couverture

Traducido ya en numerosas lenguas, Rachid Boudjedra, al encuentro con su profundo hálito y creando intertextos, que es la manera de observar el mundo, convoca a otras voces poéticas (Al Hallach, Saint-John Perse, Jean Sénac, Adonis, Lorand Gaspar) para brindarnos un gran latido poético: Cinco fragmentos del desierto, donde pocas veces el Sahara argelino -mar de arena deslumbrada- ha sido tan certeramente dibujado/desdibujado, en su luz/noche, en su nada/todo. Pálpito de la carne y del corazón, en el deseo erótico de estos bellos poemas en prosa que han recibido el Premio Mallarmé 2002

Leonor Merino

INTRODUCCIÓN

El escritor argelino, Rachid Boudjedra, alcanzó renombre internacional con su primera novela La Répudiation (trad.: Barcelona, Emecé) que, precedida por Le Passé Simple (trad.: Madrid, del Oriente y del Mediterráneo) del marroquí Driss Chraïbi, removió las conciencias, promovió la desazón, ofreció un gran hálito de justicia y de verdad. Pero, sobre todo, ambos autores -que sienten y organizan sus campos novelescos de forma personal- han rehuido todo intento de "recuperación", en la integración de cualquier sistema ideológico y económico dominante, que desee convertirse en protector de la libertad de expresión.

En efecto, la prensa extranjera acaparó enseguida esas obras para hablar de los males de la tribu y de la moral de los ancestros. Ese "acaparamiento" por cierta crítica, al acecho de una pintura y descripción que corroboran una forma subjetiva de ver al Otro, es bastante inaceptable, al menos para ciertos poetas e intelectuales como para el argelino Jamel-Eddine Bencheikh. También es cierto que, con buena voluntad, en el deseo por descubrir una realidad sociocultural, se pase al lado de lo esencial; es decir, del trabajo innovador del autor en la lengua.

Pero lejanos están ya esos tiempos "iconoclastas" -la literatura también es ajuste de cuentas- donde se gestaron ambas escrituras, audaces tanto por su forma como por su fondo, en las que ha de prevalecer, ante todo, la estrategia en la elaboración del lenguaje, la intensa relación con la lengua, con las palabras, con los signos, que brindan juegos de espejos, inversiones, engastes, meandros -el delirio se injerta en el cuerpo del relato-, imágenes cercanas a la música donde escritor y lector gozan en comunión: el amor como la escritura es asunto de dos.

Puesto que para Boudjedra, como para el escritor marroquí Khatibi o el tunecino Meddeb, la escritura es gozo, pero gozo sensual: texto-sexo donde el "verbo se hace carne". El arte de narrar a la búsqueda del sentido de la palabra puntual cuya musicalidad, en la escritura-trazado, emana de la sensualidad, de la sexualidad y de la emoción del propio calígrafo.

Como en este gran latido poético, Cinco fragmentos del desierto, donde pocas veces el Sahara -mar de arena deslumbrada- ha sido tan certeramente dibujado / desdibujado, en su luz / noche, en su nada / todo. Pálpito de la carne y del corazón en el deseo erótico de estos poemas en prosa.

Escritura como gozo carnal para Rachid Boudjedra, al igual que para Saint-John Perse, pero que en nuestro escritor argelino posee algo de "locura", alucinación, y mayor erotismo: como pudor de mujer que desnuda su cuerpo y descubre que sus caderas son tan arcillosas, tan redondas como dunas.

La mujer es siempre quien recibe ese flujo, esperma, inagotable que constituye su escritura. Y ante la mirada del autor se van a interponer las ardientes dunas de relieves inestables, inaprensibles, jamás inmóviles. Y de nuevo le asalta la imagen femenina que provoca su discurso, su escritura: y cuando la turbación de sí se acrecienta a causa de toda esa desnudez, los caminos se convierten en umbrales, apenas desdibujados.

Vías, sendas del oro y de los esclavos, azotadas por imprevisibles vientos furiosos, curtidas por un sol despiadado y silenciadas bajo la lámpara de cada estrella. Y en esos caminos de huellas inestables, se recorta otra imagen de hembra -navío de estepas-: jóvenes camellas descuartizadas en espera del deseo, con esa majestuosidad que da a sus pisadas grandilocuentes, una especie de paciencia de parturienta que ya ha roto aguas.

Tenemos ante los ojos, lector, un hermoso texto con la influencia de las suras de la Meca, también, de quien el autor celebra su belleza y modernidad. Pues al aunar textos árabes y musulmanes -sacros o profanos-, la sabiduría preislámica y la cultura occidental, Boudjedra va en búsqueda de su profunda inquietud estética, política y social que subvierta todas las leyes de una realidad, a veces, poco halagüeña.

Por ello, al encuentro con su profundo hálito y creando intertextos, que es la manera de observar el mundo, el autor convoca a otras voces poéticas: al citado Saint- John Perse (Pointe-à-Pitre, Guadalupe, 1887 - Presqu'île-de-Giens, Francia, 1975), que describió el destierro que sufre el hombre de cualquier siglo desde Ovidio hasta nuestros días; a Jean Sénac (Beni Saf, 1926 - Argel, 1973), poeta argelino de raíces españolas y de profundo amor por su patria y por su gente; a Alí Ahmad Saíd Ésber, Adonis (1930), poeta sirio-libanés de ecos prístinos en libertad de poesía árabe; al gran místico Al-Hallach nacido el año 857 en al-Tus, región del Fars (Irán Central) y ejecutado en Bagdad en el 922; a Ibn Al-Baitar, renombrado botánico andalusí (Málaga, 1188 - Damasco, 1248); a Ibn Jaldún (Túnez, 1322 - El Cairo, 1406), uno de los más grandes historiadores de todos los tiempos y el primer sociólogo que registra la historia; así como a Lorand Gaspar (Transilvania oriental, 1925), cuyos libros hacen de toda su obra una de las referencias de la poesía actual.

Al evocar a todos ellos, Rachid Boudjedra ha deseado dar testimonio de los maestros que tanto admira, al mismo tiempo que da respuesta a los versos de Saint-John Perse, que sirven de umbral a los Cinco fragmentos del desierto argelino. Ese oceáno dorado que seduce a Rachid Boudjedra, lleno de raptos silenciosos con sabor a desastre. Ese Ahaggar , bastión y corazón del desierto de enclaves arqueológicos, patria de los fascinantes tuareg, donde fue enterrada con sus joyas Tin Hinan -desde allí vela, dice Boudjedra-, la princesa beréber venida del lejano Tafilalet, sudoeste de Marruecos, de quien la tribu de los Kel Rela aseguran descender.

Destino singular ese Desierto -bellamente descrito- con sus monumentales ksurs -que ha originado el arabismo alcázar, pero que en este contexto traduzco por palacios-; con sus chots, lagos de agua salada; con su Tassili, extraordinario paisaje lunar, meseta de abismos insondables donde la sombra de Ahana -otra reina de los tuareg- derrama un erotismo a la vez crudo e inocente.

Todo ese destino ejemplar que asusta, hastía y enamora. Por eso, este autor argelino de mirada enérgica y afectiva, fino sicoanalista y lúcido filósofo, que conoce el ansia del corazón humano -en pos de lo inaprehensible en el romántico, de la libertad en el aventurero, de la paz en el místico o de la absoluta soledad en la obstinación del anacoreta-, nos narra ese Desierto -como refutación de espejismos- de donde salieron las grandes dinastías inflexibles, como las almorávides y las almohades.

Nos narra ese vacío, desbarajuste cósmico, donde todo extravío se torna plausible, donde toda exaltación se torna en lamento, donde todo júbilo se torna en la búsqueda de NADA.

Boudjedra, con esta reciente obra, sigue participando en la salvación de los hombres que reposa en la contribución intelectual, filosófica, poética, ensoñada: Dimensión mágica que ofrece a su obra.

Leonor Merino




Lounès Ramdani - 30 juillet 2003 - mise à jour 12 octobre 2009